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A estas alturas, estamos tan habituados a la existencia del Viagra, a su uso y abuso o a su simple mención, que se diría que siempre ha estado ahí. Pero lo cierto es que, parafraseando al bolero, diez años no es nada y antes del 27 de marzo de 1998, fecha en la que la pastillita azul se estrenó en el mercado norteamericano, había poco que hacer cuando el pene no obedecía las órdenes del cerebro.
Antes, los remedios contra la impotencia y el gatillazo eran mucho menos inmediatos y bastante más engorrosos: desde dolorosísimas inyecciones de fentolamina en el pene a sonrojantes supositorios de alprostadil, pasando por incómodos implantes o toscas bombas de vacío. Por eso, el éxito del Viagra fue casi tan instantáneo como sus efectos y el fármaco se extendió con rapidez, de continente en continente, hasta llegar a los 35 millones de usuarios que, según su fabricante Pfizer, la consumen hoy regularmente en todo el mundo.
Sexo, Viagra y rock"n"roll
Los primeros en catar Viagra fueron, por supuesto, los impotentes "clínicos". Después, el 50% de hombres de entre 40 y 70 años que, según datos facilitados por la industria farmacéutica, padecen disfunción eréctil. Pero hoy su uso se ha extendido a hombres sanos de todo tipo y condición, que se hacen como pueden con una caja y la llevan en el bolsillo cual as en la manga a prueba de gatillazos.
Por eso, las cajas de Viagra ya se despachan y se consumen como si fueran aspirinas y, a pesar de la barrera (teórica) de la receta médica, en la práctica los médicos no son muy estrictos a la hora de recetarla: incluso hay una sección llamada \"cómo obtener una receta" en el sitio oficial de Viagra; y, si no, siempre se puede comprar en el mercado negro o en Internet, por lo que muchos jóvenes las utilizan para combatir la impotencia transitoria que a veces se desencadena tras una noche de alcohol, drogas y rock"n"roll. También es un aderezo muy habitual en orgías, clubes de intercambio de parejas o cuartos oscuros gays.
La panacea del porno
El mundo del porno también se vio completamente revolucionado por la llegada del Viagra, que se reveló como un remedio mucho más eficaz que la cocaína, sustancia que animaba los rodajes con efectos letales: funcionaba durante un tiempo, pero a la larga los actores acababan impotentes. La coca acabó, por ejemplo, con la carrera del mítico John Holmes, el actor porno con el pene más largo del mundo.
Gracias a la Viagra, la actriz no tenía que esperar sentada a que se levantara el "ánimo" del actor: se le daba la pastillita una hora antes y Santas Pascuas. Mano de santo. A su manera, la gragea de sildenafil facilitó la grabación de escenas porno: si, por H o por B, el actor no funcionaba, se tomaba una Viagra y, nada, por muy malito que estuviera, su virilidad se recomponía en poco más de media hora, cuando antes se veían obligados a usar un doble para primeros planos o una "auxiliar" experta en excitación bucal para intentar forzar una erección.
El actor porno salvadoreño Vincent Vega no tiene remedio: además de robarle el nombre a un personaje de Tarantino, confiesa que en sus rodajes toma Viagra a puñados y, además, añade que todos hacen lo mismo: "No es que lo necesitemos, pero todos usamos Viagra. Sobre todo si nos toca trabajar con una fea".
Nacho Vidal está de acuerdo y afirma que "hoy el 95% de actores porno usa Viagra. ¡Sólo quedamos un 5% de la vieja escuela! Yo soy una especie en extinción". Otro que entra en ese pequeño porcentaje (o, al menos, eso dice) es Max Cortés, que ha comentado que "los profesionales no necesitamos recurrir a estas cosas. Yo probé Viagra una vez con mi pareja. Me dolió mucho la cabeza y no me funcionó. No me parece mal el uso de Viagra, pero no entiendo esta obsesión por ser todos unos superhombres".
Ante la invasión de las pastillas azules, las actrices porno tienen dos posturas: o la indiferencia (al fin y al cabo, ellas también fingen) o cierto malestar. Es el caso de Renee, intérprete erótica californiana: "Si trabajas en esto, sabes cuando un tío ha tomado Viagra, porque se les pone un color rojo muy feo en la cara y en el pecho. A mí no me gusta trabajar con actores que toman Viagra porque siento, no sé, como si no les bastara con mi atractivo para ponerse a tono y, además, se mueven como robots". Las palabras de esta actriz tienen sentido, ya que el Viagra llena los cuerpos cavernosos, sí, pero no es un afrodisíaco, es decir, que no provoca deseos sexuales.
Por último, Max Hardcore, actor y director que ha facturado más de 400 películas porno, resume muy bien el papel del Viagra en el porno: "Puede ayudar a hombres que están predispuestos a ser grabados mientras follan, y que tienen capacidad para funcionar en medio de unas cámaras y un equipo, pero ninguna pastillita va a convertir a un pipiolo en un actor porno".
Imitaciones y falsificaciones
Aunque el Viagra de Pfizer fue el primero, existen otros fármacos vasoconstrictores que, con otros nombres y otras sustancias, ofrecen efectos similares, si bien presentan ligeras variaciones: el Levitra (de Bayer) funciona sólo si hay estimulación sexual (sin incómodas erecciones espontáneas) y el Cialis (de Lilly) ofrece efectos de uno y hasta dos días de duración, frente a las cinco horas del Viagra.
También está la Uprima, comprimido sublingual que facilita la erección en 18 minutos y puede ser consumido incluso por enfermos del corazón; o el Stud 100, un spray de lidocaína que provoca la erección y retarda la eyaculación; y no nos olvidemos de la Intrinsa, prima femenina de la Viagra: un parche de testosterona capaz de transformar en un volcán hasta a la mujer más desganada.
Pero la competencia no preocupa a Brian Klee, director del Equipo Global de Viagra, que afirma ufano que "recaudamos 1.764 millones de dólares el año pasado, así que somos los líderes del mercado". Lo que sí provoca inquietud, más por temas de salud que de competencia, es la gran cantidad de falsificaciones de Viagra que se venden en el mercado negro a puñados y que, en muchas ocasiones, resultan ser productos inocuos o tóxicos. Pfizer intenta acabar con el pirateo de su pastilla y anda detrás de cualquiera que intente usar el nombre de su marca en vano. ¿El último? Un tal George May, cultivador de ostras australiano al que se le ocurrió la peregrina pero genial idea de alimentar a su legión de moluscos con Viagra para venderlos como afrodisíaco de lujo a precio de oro, bajo el nombre de Viagra Oysters.
Mucho más modestos son los peluches, anillos, caramelos, tatuajes, camisetas, bolígrafos, pastilleros y todo tipo de merchandising pirata que se despacha en la calle o en Internet. Algo que, además de procurar pingües beneficios y hacer publicidad gratuita de la célebre pastilla azul (que, a menudo, suele ser puro márketing viral orquestado "a escondidas" desde la propia Pfizer), demuestra que, tras 10 años en el mercado, el Viagra, mucho más que un fármaco, se ha convertido en un verdadero icono de la cultura postmoderna.